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Los Hijos del Matuasto (y 2)
Cuando la luz del sol se asoma por las montañas lejanas, los encapuchados dejan el fuerte. Rosa Espinosa explica a Raúl que hay una cueva no muy lejos de allí junto al lecho de un río seco. Allí los hijos del matuasto duermen colgados de los muros.
Para Raúl Roble el horror dibujado en los rostros de sus compañeros al regresar a la choza donde moran, es como una espina envenenada en la planta de cada pie. Pero no hay tiempo para saborear miel, no con el conocimiento recién adquirido.
Deja cuatro frascos sobre la mesa mientras relata la nueva historia de su futura desdicha, mientras las mujeres y hombres presentes irrumpen en llanto, despertando a los niños que dormían plácidamente sabiéndose seguros, al fin.
Hoy es sábado.
***
Los hombres toman la iniciativa y llenan los frascos viendo su propia sangre brotar como un lento chorro palpitante de caramelo desde la aguja hueca insertada en sus antebrazos.
Luego caen agotados, anémicos.
Mientras tanto los niños juegan no muy lejos de la choza bajo la celosa mirada de las mujeres, que al verlos así de felices, libres para gritar y reír a carcajadas como no han hecho desde que nacieron… algunas hasta pueden imaginar que realmente viven en paz.
Una pobladora se acerca dubitativa con regalos, muñecos tejidos recientemente y cosidos con lana cruda, pero son rechazados con indiferencia. La mujer se aleja mirando a los niños sobre el hombro y se queda bajo la sombra de un árbol frondoso, observándoles con una leve sonrisa en los ojos.
El día transcurre en silencio. Sólo las risas de los niños rompen la monotonía con su inocente claridad. Es como si nadie en el fuerte recordara que tiene cosas que hacer, paseándose de un lado a otro con el único objetivo de observar a los recién llegados.
¿Cuándo nos dirán cuáles son nuestras labores? se preguntan las mujeres y hombres en la choza, desesperados al no tener nada que hacer. En Nascimento un día sin trabajar era un día sin comer.
A eso del medio día les traen la primera comida del día, más sopa de pollo acompañada con pan y batatas cocidas. Nada huele ni sabe a excremento de monstruo, ciertamente el mejor almuerzo que han tenido en años.
***
Antes del atardecer los Guardianes llaman a la puerta del fuerte. Es tiempo para la recolección del Diezmo y prácticamente todos los habitantes del pueblo se han escondido, todos menos los recién llegados.
Diez hombres pálidos como la luna son los encargados de levantar la pesada guillotina, lastrando su labor con el pensamiento de que ésta podría ser la última vez, que del otro lado del portal les espera el matuasto sonriente, obsceno, hambriento.
Los encapuchados ingresan al fuerte cargando cada uno un saco de cuero con frascos de vidrio vacíos, uno por cada tres personas mayores de 13 años, que serán trocados por otros llenos con capacidad para un litro y medio de sangre fresca.
Y traen consigo una sorpresa aún mayor, un hombre que se daba por muerto y que encontraron vagando por el bosque.
Es Renato, que avanza entre ellos indiferente a lo que ocurre a su alrededor, como hipnotizado.
—¡Hermano! —grita Raúl, que no cabe en su cuerpo de tanto júbilo. Se acerca tambaleante a su hermano menor acompañado por toda la caravana que llora de alegría.
El hombre huele pésimo y tiene la mirada vidriosa, insensible a los estímulos. Intentan llevarle a la choza para que se tienda y descanse, seguramente está hambriento, pero un encapuchado se interpone.
—Sólo su mujer y hermano pueden hablar con él ahora —dice el Guardián con voz amable, sosteniendo al recién llegado por el hombro con su garra espantosa.
La protesta general se eleva como una revuelta y Pedro del Páramo acude raudo a interceder, llamando a la calma.
—Por favor, ya tendrán oportunidad de hablar con él —dice Pedro intentando aplacar a los manifestantes, indicando con su mirada compungida de hombre cansado que no tiene autoridad para interferir.
Raúl asiente y junto a Pedro logran guiar al enfermo sendero arriba hacia la misma choza donde se celebrara la reunión de la noche anterior. Allí Renato es recostado en el suelo, con su cabeza apoyada en una esterilla y cubierta con paños húmedos.
La mujer de Renato, la hermosa Luz del Campo, entra a la habitación con los ojos llenos de lágrimas, pero sin demostrar de ninguna otra manera la ansiedad que seguramente le corroe el alma. En sus brazos lleva a su hija Flor.
—Lo que vamos a hablar aquí concierne sólo a la familia de este hombre —dice el encapuchado de la voz amable, descubriendo su rostro horrible cubierto por llagas frescas y mirando fijamente a Pedro del Páramo—. Sabes perfectamente que tu presencia no es necesaria. Vete.
El rostro ofendido de Pedro cambia al color del atardecer al mismo tiempo que su bigote parece desplomarse. Sale de la choza como en una estampida, cerrando la puerta tras de sí con un fuerte golpe, gritando maldiciones mientras se aleja.
***
—Mátenme —susurra Renato sin ninguna emoción, con la vista fija en una fisura en el pasto seco del techo. Desde esa posición puede ver una estrella asomándose tímidamente en el paño del cielo que se convierte en noche.
—Hermano —gime Raúl acercándose, sonriendo entre las lágrimas a pesar de lo que acaba de oír. A cambio recibe una mirada llena de hastío y náusea.
—No se me acerquen. ¡Que nadie me toque! Estoy maldito…
Raúl mira a Luz, que no se mueve desde la esquina sombría donde se ha instalado, la mirada fija en su esposo. ¿De qué estás hablando, hermano? Y es entonces que Raúl siente como el conocimiento adquirido la noche anterior cala profundo en sus huesos, restando latidos a su corazón.
Mi hermano, mi propio hermano…
—Ciertamente habría sido preferible que muriera anoche —dice el Guardián en medio de un fingido bostezo de aburrimiento—. Les habría ahorrado este mal rato.
Raúl se pone en pie de un salto a pesar del mareo, desenvaina su daga y aprovechando el impulso de su salto cae sobre el Guardián con el arma apuntando al corazón.
Nada ocurre cuando le embiste. El Guardián no se mueve y la daga no penetra su piel.
—¡Qué hicieron a mi hermano! —exige Raúl, golpeando una y otra vez el pecho del Guardián con su daga a dos manos, sin hacer mella—. ¡Habla, engendro!
—Vuestro hermano ha sido convertido por el matuasto —dice el Guardián con el mismo tono de antes, sin rastro alguno ofensa ni compasión—. Y la razón por la que les he reunido aquí es para que comprendan qué ocurrirá después.
Raúl cae al suelo, exhausto y abatido. Enjuaga sus lágrimas con una manga y enfunda la daga. Intenta encontrar la mirada de Luz, pero ella finge ignorarles, enfrascada en lograr que Flor se duerma prendida de uno de sus pechos.
—Vuestro pariente tiene dos opciones —continúa el Guardián—: vivir y convertirse en Guardián o morir y descansar en paz. Su decisión ha sido morir y nosotros la respetamos, pero no podemos olvidar el dilema en que se encuentra el fuerte tras vuestra llegada y esperamos que ustedes, su familia, puedan convencerle de continuar con su vida.
»El matuasto volverá a acechar este pueblo con una furia como no se ha visto en cinco años. Y tarde o temprano todos estaremos perdidos.
—¿Por qué él? —pregunta Luz refiriéndose a su esposo, elevando su voz por primera vez en mucho tiempo. Renato reconoce ese timbre tenso tan amado y cierra los ojos en una mueca llena de angustia.
—El matuasto puede convertir a cualquier persona, hombre o mujer —agrega el Guardián con algo parecido a la vergüenza en su tono en voz—, siempre que ésta se ofrezca voluntariamente. Y a pesar de su naturaleza perversa y asesina y de la inteligencia maliciosa de que goza, éste es un rito al que no se puede resistir.
»Vuestro hermano, vuestro esposo… estaba destinado a morir en sus fauces, pero algo hizo que el matuasto cambiara de parecer. Tal vez imploró por su vida. Tal vez se entregó voluntariamente para ser devorado y el matuasto consideró ese acto como una oferta.
»La manera en que Él transforma una persona en Guardián es… es despreciable —escupe sin saliva, con una mueca de profundo desagrado—. Para una mujer, como fue mi caso, resultó una experiencia traumática y desagradable. Pero para un hombre es… devastadora.
»Sus heridas físicas ya han sanado, tal es el poder del bautizo por su semilla. Pero las heridas en su mente no sanarán jamás. A partir de hoy el proceso de deshumanización durará dos semanas llenas de angustia y dolor, pero después de eso ya no habrá más preocupaciones, sólo recuerdos sin valor. Y ya no será el hombre que conocen.
Renato se cubre el rostro, bañado en vergüenza. Sodomizado es la única palabra que ronda su mente en este momento. Su hermano y mujer han tenido el mismo pensamiento y son incapaces de articular ninguna frase que pueda servirle de aliento.
—Uno de ustedes llamó al matuasto por su nombre —dice Luz en un quejido—. Vârcolac.
—Veo que los valientes sabios de este pueblo no les han dicho toda la verdad —se lamenta sinceramente la Guardián, cubriéndose el rostro con una mano para limpiar un sudor que no tiene.
Raúl Roble vuelve a blandir su daga, aunque es incapaz de ponerse en pie.
—¡Habla! Por favor…
La Guardián asiente, coloca la capucha sobre su cabeza y se sienta frente a él, situando una mano horrenda sobre la frente de su hermano. A pesar de este contacto, el hombre no manifiesta desagrado.
—Vârcolac es el nombre del anterior Guardián de este fuerte —dice la encapuchada. Raúl contiene la respiración y siente que está apunto de perder la consciencia. Su mente termina de atar los cabos sueltos mientras la Guardián continúa con su historia—. Y antes de eso fue el Guardián de Nightwhale, ya les han narrado esa parte de la historia.
»Lo que las ratas cobardes no se atrevieron a decir es que el matuasto no es inmortal, o al menos su carne pestilente no lo es. Hay un momento del día cuando es más vulnerable, a la hora en que el sol agrede con mayor fuerza la tierra bajo nuestros pies.
»Hace cinco años en un día como hoy cercano al solsticio de verano, los viejos del pueblo motivados por Pedro del Páramo y cansados de lidiar con esta amenaza, decidieron que ya era tiempo de poner fin al terror. No más muertes ni sacrificios de animales útiles. No más pesadillas.
»Guiados por el Guardián Vârcolac, se dio inicio a la cacería. Deben entender que él y después nosotros como hijos del matuasto, al igual que nuestro incestuoso padre, somos vulnerables a la luz del sol, pero con la ayuda de ropas blancas húmedas y cristales ahumados sobre sus ojos, Vârcolac pudo llegar al escondite del matuasto sin sufrir los embistes del Dios Sol.
»Yo estuve allí cuando todavía era humana y aún no se sabía nada de mi romance con Pedro del Páramo, o al menos eso pensaba.
»¿Ahora entienden por qué una mujer fue entregada al monstruo como ofrenda? Rosa Espinosa se encargó de convertirme en la bruja que todas las mujeres casadas odian y por supuesto fui castigada por ello.
Se detiene un segundo, como intentando encontrar sentido a sus propias palabras. Luego sonríe con un escalofrío de placer. Esa sonrisa de dientes afilados crece a medida que continúa con el relato.
—Encendimos una fogata a la entrada del escondite —dice ella—, reconocible sólo por el fuerte hedor que manaba de allí. No había otra caverna igual. Pronto el matuasto despertó de su letargo y salió a la luz, cegado por el brillante sol del medio día y chamuscado por el fuego, pero grande y poderoso como nunca le habíamos visto.
»Su piel, a diferencia de la nuestra, es vulnerable al filo de las lanzas y espadas porque su coraza de escamas está más distribuida a causa de su gran tamaño. Y aunque las heridas que son mortales para todo ser vivo a él no le causan daño, sangra como cualquiera y ése es su único punto fatal.
»Le atacamos entre todos al mismo tiempo. Un centenar de lanzas como anzuelos, con filo hueco y cabezas prescindibles hicieron que se desangrara en pocos minutos. Muchos hombres y mujeres murieron ese día, pero no fue por causa de Él. Mientras luchábamos sólo hubo una decena de heridos.
»Cuando la criatura estaba debilitada en el suelo bajo la poderosa luz del sol y con cientos de lanzas relucientes entre las escamas de su armadura, Vârcolac blandió su gran espada y le decapitó.
»Todavía no caíamos en la cuenta que el monstruo estaba muerto al fin, conteniendo los vítores hasta estar seguros, cuando Vârcolac alzó nuevamente su espada y cortó el cuello al hombre que tenía más cerca, bebiendo su sangre directamente de la herida ante nuestra mirada estupefacta.
—Vârcolac se transformó en el matuasto —dice Raúl Roble, helado hasta los huesos.
—El Guardián Vârcolac desapareció en el mismo instante en que el matuasto moría a sus pies. Si matas el cuerpo, la maldición en su alma se transporta al Guardián más cercano. Y por esa misma razón es que los hijos del matuasto casi somos indestructibles, porque somos su llave a la inmortalidad.
»Pero ésta es una teoría tardía. No sirvió de nada expresarla en el juicio que nos convirtió en parias disponibles para el sacrificio. Los sabios del pueblo, esas ratas de cola pelada lideradas por Pedro del Páramo, no escucharían razones de boca de un muerto.
»No podemos matarle —concluye la Guardián—, solo disuadirle. Y si muere, uno de nosotros o tal vez todos seremos convertidos y el ciclo continuará eternamente. Ya ves que no es fácil matarnos y no nos dejaremos asesinar.
—Y tampoco permitirán que muera más gente —agrega Luz, átona—, porque perderían su fuente de alimento. El cuidado de sus parientes vivos es una excusa.
La Guardián asiente complacida. Estos nuevos colonos no son tan estúpidos como aparentan. Cuando los habitantes de Amanecer llegaron a la misma conclusión ya era demasiado tarde para ellos.
Raúl cierra los ojos. La ira y la impotencia nublan su cordura, invitándole a la desesperación.
Su hermano menor, un hombre adulto y valiente, ha sido violado por un monstruo y se convertirá en otro tipo de monstruo en poco tiempo. Tal vez algún día se transforme en la bestia de la que intentaban escapar con tanto ahínco. Tal vez asesine a su propia esposa o a su hija o a los hijos de su hija, cegado por un instinto bestial sin freno.
Y la causa primera de su desgracia fue la decisión negligente de los sabios del fuerte de Amanecer, liderados por Pedro del Páramo.
Raúl observa a su hermano sin poder contener el temblor en sus brazos y éste le devuelve la mirada, leyendo sus gestos intranquilos que conoce tan bien desde que eran niños.
—Ya estoy muerto —susurra Renato con un último gesto de determinación absoluta, indicando con la nariz el arma empuñada por su hermano mayor—. Hay una sola cosa que puedes hacer por mí.
Raúl asiente. Luz del Campo sorbe sus lágrimas, se acerca a ellos y coloca a Flor a la altura del rostro de su padre para que éste pueda apreciar su carita regordeta por última vez. La niña duerme plácidamente.
—Raúl se hará cargo de ustedes, mis estrellas en el firmamento —dice Renato—. Me reuniré con nuestros ancestros ahora y les estaré esperando cuando mueran ancianas en sus camas, rodeadas por sus bienamados.
—Lo que van a hacer es un error —gruñe la Guardián—. Pero es vuestra decisión. Y es una lástima que no me pueda quedar, pero la sangre contaminada de tu hermano no es buena para la digestión.
Dicho esto la encapuchada les deja solos. La oscuridad es casi absoluta salvo por una lámpara de barro encendida junto a la puerta. Luz y Flor se alejan de vuelta al rincón de la choza y dan la espalda a los hombres en el centro de la habitación.
Raúl eleva su daga y ve que su hermano sonríe al fin.
Afuera el grito de los hombres y el sollozo de las mujeres del pueblo son la señal de que aquello que tanto temían, al fin ha ocurrido.
Vârcolac regresa al vecindario… y está furioso.
***
El matuasto ataca desde el sur embistiendo los gruesos muros de madera repletos de estacas que apuntan hacia afuera. Su apestoso cuerpo herido sangra, pero eso parece no afectarle.
Intenta escalar aferrándose a las estacas, pero éstas se desprenden fácilmente con su peso incomparable. Su rostro de reptil cambia del verde al rojo y regresa al verde. Está furioso, más furioso de lo que nunca ha estado.
Vuelve a atacar siempre en el mismo punto, una y otra vez durante muchas horas. Logra astillar y demoler el primer tronco, encontrando detrás de él otro tronco igual de robusto.
Intenta subir aprovechando el escalón que provee el tronco destrozado y cae de espaldas con el pie derecho mutilado. Un artefacto metálico automático se escondía entre los troncos.
—Está enojado y no volverá a caer en la misma trampa otra vez —dice el Guardián apostado en la cornisa del muro. Su voz es transportada a través de un bambú hueco hacia los Guardianes que aguardan abajo, que esperan impacientes con su carga de frascos llenos de sangre—. Por la expresión en sus ojos… está desconcertado. Se quita la trampa del pie. Deja algunos dedos en ella. Se marcha sin cojear hacia el bosque…
Pedro del Páramo asiente orgulloso, manteniéndose a una distancia prudente de los encapuchados. Lo de las trampas ocultas fue idea suya.
Se aleja para informar a su compañera Rosa, quien le espera de pie fuera de una choza cercana, cuando ve a Raúl Roble acercándose tambaleante, el rostro pálido, empuñando su daga ensangrentada.
Los Guardianes descubren sus rostros, alertados por el olor de la merienda. Raúl acaba de matar a su hermano.
—Lamento sinceramente todo lo ocurrido —dice Pedro juntando sus palmas para elevar una oración a los Dioses. Está verdaderamente atribulado, pero también sabe que la falta de un Guardián pondrá en peligro la seguridad del pueblo. Deberán encontrar otro voluntario, pronto—. Yo…
No termina la sentencia. La daga de Raúl penetra por su garganta lentamente, avanzando sin piedad hasta tocar una vértebra.
—Estás matando a mi primo más querido —dice uno de los Guardianes con una sonrisa sarcástica al tiempo que sostiene el cuerpo de Pedro, que se agita con las convulsiones de su último aliento. En los ojos del moribundo puede leerse el horror que viene con el reconocimiento de su destino a manos de los Guardianes, que no desperdiciarán ni una gota de su sangre.
—Y seré condenado por ello —sentencia Raúl. Retira su daga y se queda a observar como los Guardianes se turnan para beber del cuello del moribundo, ansiosos, alegres. No se debe desperdiciar el alimento.
Rosa Espinosa grita, el rostro descompuesto y los ojos desorbitados. Corre hacia su compañero muerto pero es retenida del cuello por otro Guardián, presumiblemente la Guardián de la voz amable. Rosa no puede articular palabras, al borde de la asfixia.
—Abran la puerta —ordena Raúl y es obedecido por los Guardianes—. Debo pagar por mi delito.
El cuerpo vacío de Pedro del Páramo se derrumba sin ceremonias. Su mujer cae tendida a su lado, inconsciente pero sin daño permanente.
Tres Guardianes escoltan a Raúl y elevan la puerta guillotina lo suficiente para que el condenado pueda arrastrarse fuera. Raúl deja la daga dentro del fuerte y sale a la luz de la luna sin mirar atrás, con los brazos extendidos y las rodillas en el suelo. Allí el matuasto le observa desde no muy lejos, oculto entre los árboles con una sonrisa grotesca.
Seré otro hijo del matuasto, piensa al tiempo que deja su miedo y su virilidad en el pasado. Encontraré la manera de desmembrar a los Guardianes, esas lagartijas sin alma. Y cuando quedemos sólo él y yo, iré por Vârcolac y prometo por todo lo que me es sagrado que moriremos juntos…
Cuando el matuasto se acerca visiblemente excitado, Raúl comprende con una arcada que la experiencia será más dolorosa de lo que había imaginado.
En la mesa confeccionada con troncos de árboles caídos, brilla la tenue flama de una lámpara de barro. En la penumbra de la habitación el aroma del aceite combustible inunda los rincones, revolviendo los estómagos de quienes allí moran e impregnando sus ropas con la grasa de diversas frituras.
Fue un grave despertar. En mis ojos se reflejaban las luces de la noche anterior, sus sonrisas enternecedoras y otras más eróticas, encausadas por un vaso lleno y tres botellas tintas. No recuerdo mayor felicidad, su cuerpo sobre el mío, los pellizcos y las mordidas, las quejas por mi rudeza y mis súplicas infantiles, dame más, dame más…
El pasadizo no conduce a ninguna parte. Avanzo y avanzo, ilumino mis pasos con esta linterna, pero es como si no avanzara. Mis gritos no reciben respuesta desde los extremos, ni siquiera un disminuido eco, nada.
El bote se eleva por tercera vez sobre las copas de los árboles. Algo no funciona bien y el improvisado piloto apenas logra manejar el armatoste con el antebrazo derecho entablillado.