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may

Los Hijos del Matuasto (y 2)

lizardmanCuando la luz del sol se asoma por las montañas lejanas, los encapuchados dejan el fuerte. Rosa Espinosa explica a Raúl que hay una cueva no muy lejos de allí junto al lecho de un río seco. Allí los hijos del matuasto duermen colgados de los muros.
Para Raúl Roble el horror dibujado en los rostros de sus compañeros al regresar a la choza donde moran, es como una espina envenenada en la planta de cada pie. Pero no hay tiempo para saborear miel, no con el conocimiento recién adquirido.
Deja cuatro frascos sobre la mesa mientras relata la nueva historia de su futura desdicha, mientras las mujeres y hombres presentes irrumpen en llanto, despertando a los niños que dormían plácidamente sabiéndose seguros, al fin.
Hoy es sábado.
***

Los hombres toman la iniciativa y llenan los frascos viendo su propia sangre brotar como un lento chorro palpitante de caramelo desde la aguja hueca insertada en sus antebrazos.
Luego caen agotados, anémicos.
Mientras tanto los niños juegan no muy lejos de la choza bajo la celosa mirada de las mujeres, que al verlos así de felices, libres para gritar y reír a carcajadas como no han hecho desde que nacieron… algunas hasta pueden imaginar que realmente viven en paz.
Una pobladora se acerca dubitativa con regalos, muñecos tejidos recientemente y cosidos con lana cruda, pero son rechazados con indiferencia. La mujer se aleja mirando a los niños sobre el hombro y se queda bajo la sombra de un árbol frondoso, observándoles con una leve sonrisa en los ojos.
El día transcurre en silencio. Sólo las risas de los niños rompen la monotonía con su inocente claridad. Es como si nadie en el fuerte recordara que tiene cosas que hacer, paseándose de un lado a otro con el único objetivo de observar a los recién llegados.
¿Cuándo nos dirán cuáles son nuestras labores? se preguntan las mujeres y hombres en la choza, desesperados al no tener nada que hacer. En Nascimento un día sin trabajar era un día sin comer.
A eso del medio día les traen la primera comida del día, más sopa de pollo acompañada con pan y batatas cocidas. Nada huele ni sabe a excremento de monstruo, ciertamente el mejor almuerzo que han tenido en años.
***

Antes del atardecer los Guardianes llaman a la puerta del fuerte. Es tiempo para la recolección del Diezmo y prácticamente todos los habitantes del pueblo se han escondido, todos menos los recién llegados.
Diez hombres pálidos como la luna son los encargados de levantar la pesada guillotina, lastrando su labor con el pensamiento de que ésta podría ser la última vez, que del otro lado del portal les espera el matuasto sonriente, obsceno, hambriento.
Los encapuchados ingresan al fuerte cargando cada uno un saco de cuero con frascos de vidrio vacíos, uno por cada tres personas mayores de 13 años, que serán trocados por otros llenos con capacidad para un litro y medio de sangre fresca.
Y traen consigo una sorpresa aún mayor, un hombre que se daba por muerto y que encontraron vagando por el bosque.
Es Renato, que avanza entre ellos indiferente a lo que ocurre a su alrededor, como hipnotizado.
—¡Hermano! —grita Raúl, que no cabe en su cuerpo de tanto júbilo. Se acerca tambaleante a su hermano menor acompañado por toda la caravana que llora de alegría.
El hombre huele pésimo y tiene la mirada vidriosa, insensible a los estímulos. Intentan llevarle a la choza para que se tienda y descanse, seguramente está hambriento, pero un encapuchado se interpone.
—Sólo su mujer y hermano pueden hablar con él ahora —dice el Guardián con voz amable, sosteniendo al recién llegado por el hombro con su garra espantosa.
La protesta general se eleva como una revuelta y Pedro del Páramo acude raudo a interceder, llamando a la calma.
—Por favor, ya tendrán oportunidad de hablar con él —dice Pedro intentando aplacar a los manifestantes, indicando con su mirada compungida de hombre cansado que no tiene autoridad para interferir.
Raúl asiente y junto a Pedro logran guiar al enfermo sendero arriba hacia la misma choza donde se celebrara la reunión de la noche anterior. Allí Renato es recostado en el suelo, con su cabeza apoyada en una esterilla y cubierta con paños húmedos.
La mujer de Renato, la hermosa Luz del Campo, entra a la habitación con los ojos llenos de lágrimas, pero sin demostrar de ninguna otra manera la ansiedad que seguramente le corroe el alma. En sus brazos lleva a su hija Flor.
—Lo que vamos a hablar aquí concierne sólo a la familia de este hombre —dice el encapuchado de la voz amable, descubriendo su rostro horrible cubierto por llagas frescas y mirando fijamente a Pedro del Páramo—. Sabes perfectamente que tu presencia no es necesaria. Vete.
El rostro ofendido de Pedro cambia al color del atardecer al mismo tiempo que su bigote parece desplomarse. Sale de la choza como en una estampida, cerrando la puerta tras de sí con un fuerte golpe, gritando maldiciones mientras se aleja.
***

—Mátenme —susurra Renato sin ninguna emoción, con la vista fija en una fisura en el pasto seco del techo. Desde esa posición puede ver una estrella asomándose tímidamente en el paño del cielo que se convierte en noche.
—Hermano —gime Raúl acercándose, sonriendo entre las lágrimas a pesar de lo que acaba de oír. A cambio recibe una mirada llena de hastío y náusea.
—No se me acerquen. ¡Que nadie me toque! Estoy maldito…
Raúl mira a Luz, que no se mueve desde la esquina sombría donde se ha instalado, la mirada fija en su esposo. ¿De qué estás hablando, hermano? Y es entonces que Raúl siente como el conocimiento adquirido la noche anterior cala profundo en sus huesos, restando latidos a su corazón.
Mi hermano, mi propio hermano…
—Ciertamente habría sido preferible que muriera anoche —dice el Guardián en medio de un fingido bostezo de aburrimiento—. Les habría ahorrado este mal rato.
Raúl se pone en pie de un salto a pesar del mareo, desenvaina su daga y aprovechando el impulso de su salto cae sobre el Guardián con el arma apuntando al corazón.
Nada ocurre cuando le embiste. El Guardián no se mueve y la daga no penetra su piel.
—¡Qué hicieron a mi hermano! —exige Raúl, golpeando una y otra vez el pecho del Guardián con su daga a dos manos, sin hacer mella—. ¡Habla, engendro!
—Vuestro hermano ha sido convertido por el matuasto —dice el Guardián con el mismo tono de antes, sin rastro alguno ofensa ni compasión—. Y la razón por la que les he reunido aquí es para que comprendan qué ocurrirá después.
Raúl cae al suelo, exhausto y abatido. Enjuaga sus lágrimas con una manga y enfunda la daga. Intenta encontrar la mirada de Luz, pero ella finge ignorarles, enfrascada en lograr que Flor se duerma prendida de uno de sus pechos.
—Vuestro pariente tiene dos opciones —continúa el Guardián—: vivir y convertirse en Guardián o morir y descansar en paz. Su decisión ha sido morir y nosotros la respetamos, pero no podemos olvidar el dilema en que se encuentra el fuerte tras vuestra llegada y esperamos que ustedes, su familia, puedan convencerle de continuar con su vida.
»El matuasto volverá a acechar este pueblo con una furia como no se ha visto en cinco años. Y tarde o temprano todos estaremos perdidos.
—¿Por qué él? —pregunta Luz refiriéndose a su esposo, elevando su voz por primera vez en mucho tiempo. Renato reconoce ese timbre tenso tan amado y cierra los ojos en una mueca llena de angustia.
—El matuasto puede convertir a cualquier persona, hombre o mujer —agrega el Guardián con algo parecido a la vergüenza en su tono en voz—, siempre que ésta se ofrezca voluntariamente. Y a pesar de su naturaleza perversa y asesina y de la inteligencia maliciosa de que goza, éste es un rito al que no se puede resistir.
»Vuestro hermano, vuestro esposo… estaba destinado a morir en sus fauces, pero algo hizo que el matuasto cambiara de parecer. Tal vez imploró por su vida. Tal vez se entregó voluntariamente para ser devorado y el matuasto consideró ese acto como una oferta.
»La manera en que Él transforma una persona en Guardián es… es despreciable —escupe sin saliva, con una mueca de profundo desagrado—. Para una mujer, como fue mi caso, resultó una experiencia traumática y desagradable. Pero para un hombre es… devastadora.
»Sus heridas físicas ya han sanado, tal es el poder del bautizo por su semilla. Pero las heridas en su mente no sanarán jamás. A partir de hoy el proceso de deshumanización durará dos semanas llenas de angustia y dolor, pero después de eso ya no habrá más preocupaciones, sólo recuerdos sin valor. Y ya no será el hombre que conocen.
Renato se cubre el rostro, bañado en vergüenza. Sodomizado es la única palabra que ronda su mente en este momento. Su hermano y mujer han tenido el mismo pensamiento y son incapaces de articular ninguna frase que pueda servirle de aliento.
—Uno de ustedes llamó al matuasto por su nombre —dice Luz en un quejido—. Vârcolac.
—Veo que los valientes sabios de este pueblo no les han dicho toda la verdad —se lamenta sinceramente la Guardián, cubriéndose el rostro con una mano para limpiar un sudor que no tiene.
Raúl Roble vuelve a blandir su daga, aunque es incapaz de ponerse en pie.
—¡Habla! Por favor…
La Guardián asiente, coloca la capucha sobre su cabeza y se sienta frente a él, situando una mano horrenda sobre la frente de su hermano. A pesar de este contacto, el hombre no manifiesta desagrado.
—Vârcolac es el nombre del anterior Guardián de este fuerte —dice la encapuchada. Raúl contiene la respiración y siente que está apunto de perder la consciencia. Su mente termina de atar los cabos sueltos mientras la Guardián continúa con su historia—. Y antes de eso fue el Guardián de Nightwhale, ya les han narrado esa parte de la historia.
»Lo que las ratas cobardes no se atrevieron a decir es que el matuasto no es inmortal, o al menos su carne pestilente no lo es. Hay un momento del día cuando es más vulnerable, a la hora en que el sol agrede con mayor fuerza la tierra bajo nuestros pies.
»Hace cinco años en un día como hoy cercano al solsticio de verano, los viejos del pueblo motivados por Pedro del Páramo y cansados de lidiar con esta amenaza, decidieron que ya era tiempo de poner fin al terror. No más muertes ni sacrificios de animales útiles. No más pesadillas.
»Guiados por el Guardián Vârcolac, se dio inicio a la cacería. Deben entender que él y después nosotros como hijos del matuasto, al igual que nuestro incestuoso padre, somos vulnerables a la luz del sol, pero con la ayuda de ropas blancas húmedas y cristales ahumados sobre sus ojos, Vârcolac pudo llegar al escondite del matuasto sin sufrir los embistes del Dios Sol.
»Yo estuve allí cuando todavía era humana y aún no se sabía nada de mi romance con Pedro del Páramo, o al menos eso pensaba.
»¿Ahora entienden por qué una mujer fue entregada al monstruo como ofrenda? Rosa Espinosa se encargó de convertirme en la bruja que todas las mujeres casadas odian y por supuesto fui castigada por ello.
Se detiene un segundo, como intentando encontrar sentido a sus propias palabras. Luego sonríe con un escalofrío de placer. Esa sonrisa de dientes afilados crece a medida que continúa con el relato.
—Encendimos una fogata a la entrada del escondite —dice ella—, reconocible sólo por el fuerte hedor que manaba de allí. No había otra caverna igual. Pronto el matuasto despertó de su letargo y salió a la luz, cegado por el brillante sol del medio día y chamuscado por el fuego, pero grande y poderoso como nunca le habíamos visto.
»Su piel, a diferencia de la nuestra, es vulnerable al filo de las lanzas y espadas porque su coraza de escamas está más distribuida a causa de su gran tamaño. Y aunque las heridas que son mortales para todo ser vivo a él no le causan daño, sangra como cualquiera y ése es su único punto fatal.
»Le atacamos entre todos al mismo tiempo. Un centenar de lanzas como anzuelos, con filo hueco y cabezas prescindibles hicieron que se desangrara en pocos minutos. Muchos hombres y mujeres murieron ese día, pero no fue por causa de Él. Mientras luchábamos sólo hubo una decena de heridos.
»Cuando la criatura estaba debilitada en el suelo bajo la poderosa luz del sol y con cientos de lanzas relucientes entre las escamas de su armadura, Vârcolac blandió su gran espada y le decapitó.
»Todavía no caíamos en la cuenta que el monstruo estaba muerto al fin, conteniendo los vítores hasta estar seguros, cuando Vârcolac alzó nuevamente su espada y cortó el cuello al hombre que tenía más cerca, bebiendo su sangre directamente de la herida ante nuestra mirada estupefacta.
—Vârcolac se transformó en el matuasto —dice Raúl Roble, helado hasta los huesos.
—El Guardián Vârcolac desapareció en el mismo instante en que el matuasto moría a sus pies. Si matas el cuerpo, la maldición en su alma se transporta al Guardián más cercano. Y por esa misma razón es que los hijos del matuasto casi somos indestructibles, porque somos su llave a la inmortalidad.
»Pero ésta es una teoría tardía. No sirvió de nada expresarla en el juicio que nos convirtió en parias disponibles para el sacrificio. Los sabios del pueblo, esas ratas de cola pelada lideradas por Pedro del Páramo, no escucharían razones de boca de un muerto.
»No podemos matarle —concluye la Guardián—, solo disuadirle. Y si muere, uno de nosotros o tal vez todos seremos convertidos y el ciclo continuará eternamente. Ya ves que no es fácil matarnos y no nos dejaremos asesinar.
—Y tampoco permitirán que muera más gente —agrega Luz, átona—, porque perderían su fuente de alimento. El cuidado de sus parientes vivos es una excusa.
La Guardián asiente complacida. Estos nuevos colonos no son tan estúpidos como aparentan. Cuando los habitantes de Amanecer llegaron a la misma conclusión ya era demasiado tarde para ellos.
Raúl cierra los ojos. La ira y la impotencia nublan su cordura, invitándole a la desesperación.
Su hermano menor, un hombre adulto y valiente, ha sido violado por un monstruo y se convertirá en otro tipo de monstruo en poco tiempo. Tal vez algún día se transforme en la bestia de la que intentaban escapar con tanto ahínco. Tal vez asesine a su propia esposa o a su hija o a los hijos de su hija, cegado por un instinto bestial sin freno.
Y la causa primera de su desgracia fue la decisión negligente de los sabios del fuerte de Amanecer, liderados por Pedro del Páramo.
Raúl observa a su hermano sin poder contener el temblor en sus brazos y éste le devuelve la mirada, leyendo sus gestos intranquilos que conoce tan bien desde que eran niños.
—Ya estoy muerto —susurra Renato con un último gesto de determinación absoluta, indicando con la nariz el arma empuñada por su hermano mayor—. Hay una sola cosa que puedes hacer por mí.
Raúl asiente. Luz del Campo sorbe sus lágrimas, se acerca a ellos y coloca a Flor a la altura del rostro de su padre para que éste pueda apreciar su carita regordeta por última vez. La niña duerme plácidamente.
—Raúl se hará cargo de ustedes, mis estrellas en el firmamento —dice Renato—. Me reuniré con nuestros ancestros ahora y les estaré esperando cuando mueran ancianas en sus camas, rodeadas por sus bienamados.
—Lo que van a hacer es un error —gruñe la Guardián—. Pero es vuestra decisión. Y es una lástima que no me pueda quedar, pero la sangre contaminada de tu hermano no es buena para la digestión.
Dicho esto la encapuchada les deja solos. La oscuridad es casi absoluta salvo por una lámpara de barro encendida junto a la puerta. Luz y Flor se alejan de vuelta al rincón de la choza y dan la espalda a los hombres en el centro de la habitación.
Raúl eleva su daga y ve que su hermano sonríe al fin.
Afuera el grito de los hombres y el sollozo de las mujeres del pueblo son la señal de que aquello que tanto temían, al fin ha ocurrido.
Vârcolac regresa al vecindario… y está furioso.
***

El matuasto ataca desde el sur embistiendo los gruesos muros de madera repletos de estacas que apuntan hacia afuera. Su apestoso cuerpo herido sangra, pero eso parece no afectarle.
Intenta escalar aferrándose a las estacas, pero éstas se desprenden fácilmente con su peso incomparable. Su rostro de reptil cambia del verde al rojo y regresa al verde. Está furioso, más furioso de lo que nunca ha estado.
Vuelve a atacar siempre en el mismo punto, una y otra vez durante muchas horas. Logra astillar y demoler el primer tronco, encontrando detrás de él otro tronco igual de robusto.
Intenta subir aprovechando el escalón que provee el tronco destrozado y cae de espaldas con el pie derecho mutilado. Un artefacto metálico automático se escondía entre los troncos.
—Está enojado y no volverá a caer en la misma trampa otra vez —dice el Guardián apostado en la cornisa del muro. Su voz es transportada a través de un bambú hueco hacia los Guardianes que aguardan abajo, que esperan impacientes con su carga de frascos llenos de sangre—. Por la expresión en sus ojos… está desconcertado. Se quita la trampa del pie. Deja algunos dedos en ella. Se marcha sin cojear hacia el bosque…
Pedro del Páramo asiente orgulloso, manteniéndose a una distancia prudente de los encapuchados. Lo de las trampas ocultas fue idea suya.
Se aleja para informar a su compañera Rosa, quien le espera de pie fuera de una choza cercana, cuando ve a Raúl Roble acercándose tambaleante, el rostro pálido, empuñando su daga ensangrentada.
Los Guardianes descubren sus rostros, alertados por el olor de la merienda. Raúl acaba de matar a su hermano.
—Lamento sinceramente todo lo ocurrido —dice Pedro juntando sus palmas para elevar una oración a los Dioses. Está verdaderamente atribulado, pero también sabe que la falta de un Guardián pondrá en peligro la seguridad del pueblo. Deberán encontrar otro voluntario, pronto—. Yo…
No termina la sentencia. La daga de Raúl penetra por su garganta lentamente, avanzando sin piedad hasta tocar una vértebra.
—Estás matando a mi primo más querido —dice uno de los Guardianes con una sonrisa sarcástica al tiempo que sostiene el cuerpo de Pedro, que se agita con las convulsiones de su último aliento. En los ojos del moribundo puede leerse el horror que viene con el reconocimiento de su destino a manos de los Guardianes, que no desperdiciarán ni una gota de su sangre.
—Y seré condenado por ello —sentencia Raúl. Retira su daga y se queda a observar como los Guardianes se turnan para beber del cuello del moribundo, ansiosos, alegres. No se debe desperdiciar el alimento.
Rosa Espinosa grita, el rostro descompuesto y los ojos desorbitados. Corre hacia su compañero muerto pero es retenida del cuello por otro Guardián, presumiblemente la Guardián de la voz amable. Rosa no puede articular palabras, al borde de la asfixia.
—Abran la puerta —ordena Raúl y es obedecido por los Guardianes—. Debo pagar por mi delito.
El cuerpo vacío de Pedro del Páramo se derrumba sin ceremonias. Su mujer cae tendida a su lado, inconsciente pero sin daño permanente.
Tres Guardianes escoltan a Raúl y elevan la puerta guillotina lo suficiente para que el condenado pueda arrastrarse fuera. Raúl deja la daga dentro del fuerte y sale a la luz de la luna sin mirar atrás, con los brazos extendidos y las rodillas en el suelo. Allí el matuasto le observa desde no muy lejos, oculto entre los árboles con una sonrisa grotesca.
Seré otro hijo del matuasto, piensa al tiempo que deja su miedo y su virilidad en el pasado. Encontraré la manera de desmembrar a los Guardianes, esas lagartijas sin alma. Y cuando quedemos sólo él y yo, iré por Vârcolac y prometo por todo lo que me es sagrado que moriremos juntos…
Cuando el matuasto se acerca visiblemente excitado, Raúl comprende con una arcada que la experiencia será más dolorosa de lo que había imaginado.

 
4
may

Los Hijos del Matuasto (1)

matuastoEn la mesa confeccionada con troncos de árboles caídos, brilla la tenue flama de una lámpara de barro. En la penumbra de la habitación el aroma del aceite combustible inunda los rincones, revolviendo los estómagos de quienes allí moran e impregnando sus ropas con la grasa de diversas frituras.
Junto a la lámpara se destacan la aguja hueca de plata y el frasco de cristal opaco, vigilados por una familia de rostros compungidos.
—No quiero —dice el varón de trece años con el cabello cortado a la suerte y el rostro sucio luego de un largo día removiendo estiércol. Es el último niño en el fuerte Amanecer, no queda nadie más joven que él y hoy será su primera vez.
—Debes hacerlo, tu madre y yo estamos viejos y cansados —dice el padre en un tono que no admite negativas. Sus rasgos duros como surcos en la tierra hablan de muchos días de trabajo ininterrumpido bajo el sol.
—Pero… hace años que no hay noticias del matuasto —murmura el joven en un sollozo que es ignorado. La madre acaricia la cabeza de su hijo con mano temblorosa y susurra en su oído palabras de aliento.
—Debemos pagar el Diezmo, hijo —dice el padre y ahora su voz demuestra la compasión que le es propia, pero sin poder aplacar el temblor de su voz cercano al llanto—. Debemos honrar el Pacto.
—Por favor, no —gime el joven y recibe una fuerte bofetada de su madre. Cae de espaldas contra las frazadas extendidas en el suelo que son su cama, más ofendido que dolorido. De su nariz cae una línea de sangre.
—¡Tu egoísmo nos traerá la desgracia! —grita la mujer y rompe en llanto—. Estamos todos condenados. Malditos sean los supuestos sabios que conjuraron lo que no podían controlar…
—¡Calla mujer! —ruge el padre implorando silencio. No está enojado, está aterrado como sólo podría estarlo alguien bajo constante amenaza de muerte.
Ante su puerta acaban de golpear una sola vez, tan levemente que podría haber pasado inadvertido si no fuera porque están acostumbrados al susurro del viento. Aquel fue inequívocamente un rasguño sobre la puerta.
La primera campana en el reloj del pueblo anuncia la media noche.
***

Amanece en el valle.
La caravana de tres diligencias avanza lenta y silenciosa por el camino de lodo y piedras, realizando un arco absurdo hacia su destino a través de rutas poco transitadas, esquivando chatarras y máquinas de vapor oxidadas de una era más próspera, despistando en la medida de lo posible al horror del que escapan.
En el carruaje principal viajan siete mujeres jóvenes y nueve niños pequeños de entre dos y tres años. Los víveres son transportados en las carretas menores, cubiertos con ramas de arbustos y pastos para enmascarar el olor de las conservas y la carne seca.
Seis hombres acompañan la caravana, avanzando cabizbajos y somnolientos como en una procesión fúnebre, ataviados de negro con corazas acolchadas, cascos, dagas al cinto y lanzas gruesas camufladas como ramas de árboles.
Uno de ellos recorre el camino al final de la caravana, olisqueando y observando a través del tupido bosque al tiempo que se esmera en borrar las huellas dejadas por hombres y carruajes. Ni el mejor cazador del valle podría detectar las señales de su paso en ninguno de los senderos transitados.
Dos días atrás dejaron la protección del fuerte Nascimento con el primer rayo de sol del solsticio de verano. Envolvieron las ruedas de los carruajes con lana y engrasaron sus junturas para evitar los quejidos del metal y la madera en movimiento, utilizando caballos mudos con sus cascos envueltos en ropas viejas, con sacos de cuero colgando bajo sus barrigas para recolectar los orines y excrementos.
El único bebé en la caravana, una niña de seis meses, viaja en un compartimiento especial, protegida del exterior por varias capas de lana apelmazada y una puerta con una pequeña abertura para que su madre pueda observarla y evitar que la pequeña se asfixie.
De pronto el carruaje principal se detiene en seco. Las mujeres y niños ahogan un suspiro de angustia al caer de sus asientos, cubriéndose los rostros con almohadones de pluma. Abren las mirillas a los costados del vehículo y ven a los hombres gesticulando sin decir palabra.
Una rueda se ha atascado en una grieta formada por dos rocas enterradas.
Usando sus lanzas, cinco hombres hacen palanca sin proferir ninguna exclamación de agotamiento mientras el restante tira de las riendas.
Desde el carruaje la madre de la bebé observa el trabajo de los hombres con especial atención, porque uno de ellos es su esposo. Éste, al notar su mirada de ojos grandes y preocupados, se descubre el rostro sudado y manchado, dedicándole una cálida sonrisa.
Logran liberar la rueda de la trampa de roca en pocos minutos. Luego reparan parte del acolchado que oficia de llanta y aprovechan de revisar el resto de la caravana y engrasar los ejes.
Aún falta mucho camino por recorrer.
***

La primera noche de su travesía, luego de un caluroso día de viaje sin detenerse, nadie durmió. Todos los vehículos fueron cubiertos con ramas y puñados de tierra mientras los hombres aguardaban ocultos entre sus ruedas. El silencio era absoluto y a ratos el viento les traía los gritos de guerra de los que se quedaron en el fuerte a defender lo que ya estaba perdido, otorgándoles tiempo valioso.
Eran sus padres, madres y abuelos, fieros combatientes que lograron permanecer con vida a la llegada de la peste ambulante, asegurando el alimento durante las horas de luz, creando la economía de subsistencia con la que pudieron sobrevivir durante todas sus vidas.
Cinco años atrás Eso se mudó a su vecindario y ya no se alejó de los muros del fuerte, acechándoles como una pesadilla, empujándoles a convertirse en su alimento. La población de adultos del fuerte envejecía y ya no podían defenderse como antes.
La segunda noche de la travesía estaban bastante lejos como para no oír nada excepto el viento y el baile de los árboles, pero el horror se encontraba muy cerca, recordándoles con su pestilencia omnipresente que no descansaría hasta convertirles en su cena.
Sintieron así los gritos de hombres y mujeres torturados. Eran la carnada, sus parientes cercanos, una trampa que nadie tomaría en cuenta a pesar del hierro candente en sus corazones.
A lo lejos podía verse la luz de un gran incendio iluminando los cerros, su hogar abandonado, el fuerte de Nascimento.
Ya no había vuelta atrás.
***

Ahora marchan con la moral por el suelo, incapaces de llorar porque no tienen fuerzas suficientes para ello.
—Debemos apurar el paso —dice una voz cansada, rompiendo la regla sagrada del silencio—. Esta noche estaremos a su merced y todavía falta un largo trecho.
Los hombres se miran. Las mujeres desde el carruaje murmuran su asentimiento. Los niños sollozan por primera vez.
Está dicho. Ahora viajan a paso rápido. Los carruajes crujen al saltar en los baches del suelo o rodear las olvidadas máquinas a vapor, pero eso ya no tiene importancia.
El caballo de la primera carroza tiembla de agotamiento y deciden liberarlo. En su lugar colocan al último caballo de la caravana, un animal viejo pero fiel, dejando su carreta repleta de trampas y explosivos junto con todos los sacos de desperdicios acumulados en dos días de viaje.
Al poco rato de caer la noche oyen la explosión de la carreta, seguida por los alaridos inhumanos de Eso. Se oye tan cerca. ¡Tan cerca!
Dejan otra carreta atrás y uno de los hombres monta el caballo, alejándose al galope hacia adelante, hacia la esperanza de todo el grupo.
***

En el fuerte de Amanecer nadie duerme luego de oír la explosión. Incluso se han armado de valor y llaman a los Guardianes para que les protejan.
Uno de estos, encapuchado y de movimientos rápidos, siente el eco de los cascos que se acercan con su cabeza pegada al suelo. Hace una seña y dos encapuchados similares a él comienzan a mover las pesadas ruedas que alzan la puerta guillotina del fuerte.
Los siete encapuchados salen a recibir al viajero, corriendo a gran velocidad por el sendero y entre las copas de los árboles para interceptarle a medio camino. A sus espaldas la guillotina cae con un estruendo.
El hombre sobre el caballo grita horrorizado cuando es atrapado por seres sombríos cubiertos con capuchas de lana gastada y olor a queso rancio. Intenta golpearles con su daga pero es derribado e inmovilizado.
—Tranquilo, humano —dice uno de ellos con voz rasposa, enseñando la palma de su mano delgada y dura como la piedra, con dedos escamosos terminados en garras rojas y afiladas— Estás a salvo. De nosotros nada debes temer. Sabemos qué te persigue y a nuestro lado no sufrirás daño alguno.
—¡Maldita sea mi suerte! —gime el hombre, desprendiéndose de su coraza maloliente, desarmado e impotente—. Mi familia, mis amigos… Eso nos persigue…
—¿Deseas nuestra ayuda? —Dice otra voz más melodiosa, casi amable.
El hombre no puede distinguir quién de los encapuchados es el que le habla. Todos tienen la misma estatura, la misma contextura y sus rostros están ocultos en la sombra.
—¿Qué son ustedes?
—Somos los Guardianes de Amanecer. ¡Tus seres queridos podrían estar muriendo en este preciso momento! ¿Deseas nuestra ayuda?
—Debo estar seguro que no sufrirán daño —solloza el hombre, implorando, con su mente trabajando a gran velocidad—. Por favor…
—Hay un precio que pagar —dice otro encapuchado de voz átona y seca—. Es un precio bajo y nadie tiene que morir. Nadie tiene que humillarse. Nadie tiene que sufrir. Un Diezmo, eso es todo lo que pedimos. Ahora, ¿deseas nuestra ayuda?
—¡Sí!
Y dicho esto, los siete encapuchados desaparecen en la oscuridad del bosque.
***

El carruaje se detiene cuando el caballo muere de espanto, cayendo lenta y silenciosamente como una hoja en otoño.
Las mujeres ahora gritan a pleno pulmón mientras los hombres mueven sus lanzas en todas direcciones, la adrenalina bombeando ante el estrés del peligro inminente, entregados a esperar una muerte dolorosa.
Oyen un quejido precedido por un viento pestilente. Ante de ellos, bañada con la luz de la luna llena, una criatura tan alta como cuatro hombres respira pesadamente, de espalda ancha y piernas arqueadas, sus enormes brazos escamosos rematados en púas a la altura de los hombros, obstaculizando con su mole toda la extensión del sendero.
Nadie se mueve. Por fin pueden apreciar aquello que les ha asechado por años, aquello que habita en la sombra y se alimenta de carne cruda. Un ser vicioso, cruel e indestructible.
El hedor de la criatura hace que sus ojos se llenen de lágrimas. Oyen un grito, no de terror sino más bien un llamado a la pelea. Alguien convoca a Eso por su nombre y Eso responde con una carcajada eufórica.
—¡Vârcolac!
Todo ocurre muy rápido. Siete figuras encapuchadas, pequeñas en comparación con el monstruo, le rodean y atacan con garras afiladas. La criatura aulla de frustración y golpea a diestra y siniestra sin acertar a ninguna de sus presas, obteniendo a cambio diez o más cortes sobre su piel de lagarto herida y chamuscada.
La velocidad de los golpes de Eso puede compararse con las rápidas dentelladas de un lobo asustado, mientras que sus atacantes son como chacales defendiendo la madriguera.
Luego de un rugido de pesadilla, el ser salta hacia la caravana a pesar de las heridas infringidas en los recientes ataques, toma a un hombre como a un muñeco y se interna en el bosque sin importarle la lanza que su víctima le ha atravesado en el cuello ancho como un tronco de árbol. Inmediatamente es perseguido por los encapuchados.
—Vârcolac —susurran las mujeres. ¿Es así como le han llamado? ¿Cómo pueden conocerle?
Pronto perciben el sonido de los cascos que se acercan. El emisario ha regresado.
—¡No hay tiempo para preguntas! —ruge él antes de recibir ninguna queja—. Hay que partir ahora, estamos cerca del fuerte. ¡Venga!
Ponen su caballo a la cabeza del carruaje principal y mueven el cadáver de la anterior bestia a un lado.
—¿Dónde está mi hermano? —pregunta el emisario, consciente de que falta un hombre. Sólo recibe miradas cargadas de pesadumbre.
No hay tiempo para lamentos. Con un grito inician la marcha rumbo al fuerte de Amanecer, tan rápido como el caballo lo permite.
A ratos oyen los aullidos de Eso, Vârcolac, o los gritos audaces de los encapuchados alejándose hacia las montañas.
Aún faltan tres horas para el amanecer cuando se detienen ante la pesada puerta de guillotina del fuerte, una construcción imponente tan alta como los árboles con los que está construido, troncos robustos de más de cinco metros de altura adornados con estacas removibles que apuntan hacia el exterior. Algunos incluso tienen ramas verdes en sus copas.
Los muros altos del fuerte rodean la falda del pequeño cerro coronado por un macizo de roca. Y por el tamaño de los árboles cercanos al fuerte, más pequeños que los árboles del bosque, debió ser construido hace mucho tiempo.
—¿Quién trae la peste a nuestra casa? —grita el vigía en la torre junto a la puerta, un hombre macizo de rostro duro y bigote cano.
—Somos los últimos sobrevivientes del fuerte Nascimento —dice el hombre a la cabeza del grupo, el mismo que montara el caballo en busca de ayuda y que a fuerza de necesidad se ha convertido en líder—. Hemos emprendido este viaje sin retorno a un gran costo…
—¡Habla simple, extranjero!
—Buscamos asilo y la posibilidad de formar un nuevo hogar. Estamos bajo la protección de los siete encapuchados. Han sido tres días de viaje y…
Antes que termine su frase la puerta ha comenzado a elevarse con un rechinar de cadenas.
—Adelante, rápido —dice el mismo hombre que les increpara desde la torre, ahora hincado al otro lado del portal, su expresión suavizada por la premura. Cuando los troncos afilados de la guillotina se elevan lo suficiente, el vigía toma las riendas del caballo y guía la carroza al patio interior—. El matuasto puede estar lejos, pero sabemos que se mueve rápido como el viento y ya podría encontrarse a poca distancia. Mientras no lleguen los Guardianes no podemos confiar en vuestra palabra. Mas… el sentido común nos dice otra cosa, que me perdonen los Dioses olvidados. Venga, salgan todos de la carroza y entren a esa cabaña. Allí estarán confortables.
¿El… Matuasto?
***

Una multitud se ha reunido en torno al carruaje, cinco docenas de rostros adultos llenos de asombro al ver siete mujeres jóvenes vestidas de negro y un puñado de niñas y niños con ropas de colores vivos, descendiendo tambaleantes e inseguros.
Mayor ha sido su sorpresa al ver al bebé envuelto en ropajes suaves de algodón limpio, que duerme en brazos de su madre que no para de sollozar. Algunos observadores incluso se han cubierto el rostro al sentir el surgimiento de una sonrisa de esperanza.
Las mujeres pierden toda precaución y se acercan a mirar de cerca al pequeño.
—¿Niño o niña?
—¿Cuál es su nombre?
—¿Puedo sostenerlo?
Ninguna de estas preguntas recibe respuesta. La madre y su hija son escoltadas hacia la cabaña ofrecida, una construcción pobre sin ventanas y techada con pasto seco, mientras los hombres se sientan afuera en la tierra seca, libres de sus armaduras, pero aún manteniendo las dagas afiladas en el cinto.
—Mi nombre es Pedro del Páramo —dice el vigía de la torre ante los hombres— y soy el que toma las decisiones difíciles en momentos de urgencia. A mi derecha está mi compañera de toda la vida, Rosa Espinosa, quien les trae algo para regresar el alma al cuerpo.
La mujer asiente y entrega un cuenco con caldo de pollo caliente a cada uno de los cuatro hombres allí sentados. La ofrenda es bien recibida entre los viajeros exhaustos.
—Yo soy Raúl Roble —habla el que fuera jinete—. Mi hermano Renato… fue capturado por Eso. Vârco…
Pedro del Páramo le hace callar dando una fuerte patada al suelo. La expresión de su rostro no da para interpretaciones: aquel nombre está prohibido. Al mismo tiempo Rosa junta las palmas de sus manos para elevar una plegaria a los Dioses de la noche, acto que sólo se invoca por aquellos que han muerto.
—Somos los últimos sobrevivientes de Nascimento —continúa Raúl, frío como la nieve, pero no indiferente a la actitud de su anfitrión—. Nuestro hogar yace ahora convertido en cenizas…
—No es un buen lugar para hablar de estos temas —le interrumpe Rosa, guiando a un grupo de mujeres y ancianas vestidas de gris que portan bandejas con cuencos humeantes al interior de la choza de los recién llegados. Por la cantidad de caldo disponible a esta hora de la madrugada, Raúl deduce que les esperaban.
Pedro del Páramo asiente a su mujer y hace un gesto a Raúl para que le acompañe.
—No es dañino ser cauteloso —se disculpa Pedro, avanzando a paso lento por el sendero empedrado que sube por la pendiente del cerro— y en estas tierras hemos aprendido a ser extremadamente cautelosos. Somos veintinueve familias y hace bastantes años se ha aposentado la desdicha en nuestros hogares. El matuasto se vuelve más fuerte con cada luna llena, como puedes ver la mayoría de las chozas están vacías, ya nadie tiene hijos… Y creemos que llegará el día en que Él vendrá de día, derrumbará los muros y entrará a comerse nuestra carne cansada. Quieran los Dioses que se atore con un hueso…
—El matuasto… La criatura —interrumpe Raúl, intranquilo por la crudeza de Pedro del Páramo, impaciente por relatar todo lo que les ha ocurrido y por qué se decidieron a viajar—, envenenó nuestras fuentes de agua. Todo sabía a meado y excrementos, tanto los ríos como los pozos. El consumo de esas pestilencias enloquecía al más cuerdo.
»Construimos un resumidero para el agua de lluvia y racionamos hasta la última gota, pero llegó un día en que el agua supo a animal descompuesto. La criatura se las ingenió para arrojar desde la distancia varias ardillas agusanadas al interior, ¡por una abertura del tamaño de mi cabeza! Tuvimos que hervir cada ración, inventando dispositivos para no perder el agua evaporada. Incluso algunos creativos lograron hacer potables sus propios orines usando filtros de arena y ropas viejas…
—¿Cuánto tiempo llevan viviendo así? —Pedro del Páramo se percata que el hombre con el que habla no debe tener más de veinte años, pero las marcas en su rostro reflejan toda una vida de preocupaciones y de hacerse cargo de los problemas de otros.
Antes que Raúl responda, entran a una choza amplia y acogedora que está repleta de hombres y mujeres maduros, de rostros preocupados y brazos cruzados. En la chimenea arde un fuego agradable y sobre él un caldero humea con algún brebaje aromático para mantenerles despiertos.
—Habla libremente —invita uno de ellos con brusquedad, indicando una silla—, queremos oír tu historia.
Ponen una gran copa de barro cosido en sus manos. Está tibia y contiene la sangre de la tierra, vino tibio endulzado con trozos de naranja y canela. Raúl se permite disfrutar, bebe con agrado y guarda silencioso algunos segundos, manteniendo los ojos cerrados, recordando mejores tiempos.
—Hace cinco años la criatura envenenó nuestras aguas —relata Raúl al abrir los ojos—. Hace cinco años que bebemos de la lluvia y nuestros propios orines. Antes de eso vivíamos intranquilos, pero sin miedo.
»Pero hace cinco años comenzó el asedio de Eso… nunca le dimos nombre. Los alimentos secos se agotaron al igual que los vinos y los escabeches. Nuestros animales murieron de hambre o sed. Nos alimentamos de piñones, ardillas y tubérculos. Vivimos de noche y apenas nos movíamos para mantener las fuerzas… hasta el verano pasado, cuando comprendimos que no aguantaríamos más tiempo allí. Una temporada más así y seríamos huesos sin médula secándose al sol.
»Volvimos a la vida diurna cultivando en lugares secretos, recolectando en el bosque donde habíamos arrojado semillas la temporada anterior, moviéndonos en silencio, preparándonos para este día.
—¿Qué ocurrió con los mayores? —pregunta una mujer corpulenta sentada bien atrás en el grupo de oyentes.
Entonces Raúl se percata del común denominador entre los habitantes de Amanecer: todos están bien alimentados, la mayoría con sobrepeso, como si la presencia de la criatura no afectara sus vidas en lo más mínimo. ¿Cómo puede ser?
—Se sacrificaron para darnos tiempo de escapar —Raúl observa a sus interlocutores, percibiendo expresiones de culpa—. Gracias a ellos avanzamos un gran trecho, pero no fue suficiente.
—Hace cinco años el matuasto se alejó de nuestras tierras —dice un hombre entre el grupo, claramente borracho. Los que están sentados cerca de él se mueven incómodos, pero nadie le previene de decir otra cosa—. ¿Qué sabes de él?
Raúl siente que los músculos de su cuello se entumecen, pero no demuestra su sorpresa. ¿Cinco años? Los mismos cinco años de penuria para Nascimento. Y a juzgar por las panzas bien alimentadas de estos pobladores, los mismos cinco años de bonanza para Amanecer. Lo que hayan hecho para ahuyentar a Vârcolac, significó la muerte de toda mi familia y amigos.
Reconocer a los culpables de su mayor desgracia hace que olvide el cansancio acumulado durante tres días sin dormir.
—Sabemos que asola la región desde tiempos inmemoriales —Raúl contesta manteniendo el mismo tono cansado de antes—, que se alimenta con la sangre y carnes tiernas de seres vivos cuando aún respiran, detesta la luz del sol y es inmortal.
—Hay mucho más por saber —agrega Pedro del Páramo—. Los pueblos que habitan… habitaban en el Valle de la Calavera, se asentaron en estas tierras malditas hace más de cien años luego de distintas migraciones, todos escapando de los horrores de la guerra entre las naciones poderosas del norte.
»Este valle plagado de historias aterradoras era próspero e inexplorado. Y por alguna razón más fuerte que la codicia y la estrategia, los ejércitos del norte preferían ignorar su existencia. Así fue que florecieron los pueblos de refugiados.
»Pero apareció el matuasto. Creemos que dormía en alguna de las cavernas que abundan en el camino angosto que cierra el valle hacia el sur, alimentándose de animales y soportando el paso del tiempo como todos los dioses naturales de antaño. Pero llegaron los bárbaros con sus fiestas y alegrías a perturbarle, a transformarle en el demonio que conocemos.
»A los pocos años lo que parecían ser simples crímenes y accidentes en cada luna llena se transformaron en el motivo de huida para muchos colonos aterrados. Cundió el pánico y los que se marcharon escapando del terror, regresaron diezmados. El matuasto no les dejó ir.
»Así fue que se construyeron fuertes en los tres poblados con mayor número de habitantes: Amanecer, Nascimento y Nightwhale. Cada uno se armó como mejor pudo y hubo tranquilidad por algunos meses, hasta que el matuasto demostró ser más fuerte y astuto que nuestros ancestros. Por eso no has oído hablar de Nightwhale, ni siquiera como mito. Desapareció al cabo de un año.
»Ahora sabemos más sobre el monstruo: no es humano, pero alguna vez lo fue. Aborrece la luz del sol y en cierta medida también rehuye la luz de las antorchas, aunque eso no le detendrá. Tampoco ve bien en la oscuridad total y la luz de la luna llena es lo que mejor le sienta para atacar… Pero no te engañes, se le ha visto de día cubierto con pieles y ha atacado en luna menguante y creciente.
—¿Qué son los Guardianes? —interrumpe Raúl y todos los presentes palidecen, congelados por su frialdad ante los temas que a ellos les traen sin sueño desde hace demasiado tiempo.
—Son… —comienza Pedro del Páramo, pero sus ojos se llenan de lágrimas y sale de la cabaña.
—Son los hijos del matuasto… un error afortunado —dice Rosa Espinosa de pie junto a la puerta, tranquila como quien habla del clima—. Los pobladores de Nightwhale, impotentes ante el portento que se alimentaba de sus hijos, le ofrecieron un sacrificio con la esperanza de aplacar su furia por el tiempo suficiente para fortalecer sus hogares y armarse antes del siguiente ataque.
»Un hombre joven se ofreció voluntario. Había perdido a toda su familia y él mismo estaba enfermo de muerte. Esa noche el matuasto se lo llevó.
»A la mañana siguiente el voluntario regresó. Sus heridas habían sanando milagrosamente, pero no se trataba de ningún milagro. El matuasto es un monstruo de gran poder pero jamás se supo por qué le dejó vivir.
»Un año después Nightwhale ardía, sus habitantes marchaban hacia acá y un Guardián les protegía del monstruo durante el viaje. Ese Guardián era el voluntario.
—El pacto —susurra Raúl Roble al comprender el sentido de las palabras en boca de Rosa, recordando su primera conversación con los encapuchados—. Hice un pacto con los Guardianes al aceptar su ayuda, ¿cierto?
Los asistentes palidecen aún más, asintiendo sin cruzar sus miradas con la de él.
—¿Cuál es el Diezmo a pagar?
Un anciano apoyado en su bastón se acerca arrastrando los pies y coloca un frasco de cristal opaco en el suelo ante él.
—Sangre —dice un encapuchado con voz gruesa, de pie en la puerta de la cabaña, sobresaltando a todos. Sus ropas están rasgadas y manchadas y el hedor que de él emana es indescriptible—. Tu sangre y la de tus acompañantes, un frasco por cada tres personas mayores de trece años. Ése es el precio que deben pagar a cambio de nuestra protección.
Nadie se mueve. Nadie dice nada. El encapuchado descubre su rostro y todos miran a otra parte asqueados, todos menos Raúl.
—Como ya dije cuando nos encontramos por primera vez —dice la criatura calva carente de orejas que le mira fijamente, los ojos encendidos de rojo, la piel verde cubierta de escamas compactas y lustrosas, los dientes afilados y la lengua bífida en constante movimiento—, no les haremos daño. Pero si no pagan el Diezmo voluntariamente, tenemos la autoridad para tomarlo por la fuerza.
»De la misma manera que nosotros fuimos entregados al matuasto para servirle de alimento —ahora se dirige a los pobladores con un rugido que se transforma en grito—, ¡ustedes son nuestro alimento como pago por ese crimen!
Una mujer solloza escondida en el grupo, pero nadie se mueve ni hace ademán de defenderse de aquella acusación.
Raúl Roble comprende los horrores con los que ha lidiado esta gente, aunque sin olvidar los gritos de clemencia de sus padres torturados, rogando por una muerte rápida. Y todo comenzó en una misma fecha.
—¿Qué ocurrió hace cinco años? —pregunta con los ojos cerrados, calmando su pulso.
El Guardián se percata del tono seguro y postura tranquila de este hombre y sonríe complacido.
—Hace cinco años los sabios hombres y mujeres de este pueblo perdieron a su Guardián —dice el que alguna vez fue hombre, el odio destilado en cada sílaba—. Y ante esa terrible pérdida votaron para que otra persona tomara su lugar.
»Pero fueron más astutos aún, oh, grandes sabios. No llamaron voluntarios, nada de eso. Eligieron siete afortunados, siete hombres y mujeres despreciados en todo el pueblo por su mala actitud, por errores imperdonables cometidos en el pasado o por simple codicia o celos, para privarles de su contagiosa cercanía. Siete culpables. Siete es mejor que uno, ése fue su razonamiento. ¡Imbéciles!
»Uno a uno fuimos entregados al matuasto como ofrenda, ¡contra nuestra voluntad! Uno a uno fuimos aceptados por el monstruo y perdimos nuestra humanidad por ello.
»Deseábamos llenar de muerte este cínico nido de ratas… pero algunos todavía tenemos familia o amigos, aunque nos hayan dado la espalda.
»Por ellos y porque no somos monstruos, cobramos el Diezmo cada sábado al caer el sol desde hace cinco años, dispuestos a dar nuestra vida para evitar que sean alimento de monstruo.
—El matuasto se vio sobrepasado y simplemente se marchó —dice Pedro del Páramo, que ha regresado a la choza en silencio, manteniéndose detrás del Guardián. Ambos se observan intensamente y rompen el contacto sin hablarse.
—Uno de los Guardianes ha muerto —concluye el Guardián sin ceremonia—, el matuasto le ha partido en dos con sus propias manos. Ahora Él ha regresado para quedarse en las inmediaciones. ¿Y ustedes no querían pagar el Diezmo, plaga de ratas mezquinas?
El ser se coloca la capucha y sale de la choza, pero el hedor del matuasto impregnado en sus ropas permanece. Afuera, en pleno patio central del pueblo fortaleza, se reúne con los otros cinco Guardianes y prenden fuego a una pira mortuoria a la vista de todos.
La peste de la carne chamuscada invade cada rincón.
***

 
24
abr

Novela a Cuatro Manos

Me voy a contener de dar detalles acerca de qué trata la obra misma, a la espera que Sergio A. Amira exponga a la luz pública el comunicado oficial.

Pero mientras tanto bien puedo adelantar que llevamos MÁS DE UN AÑO trabajando en una novela fantástica ambientada en Santiago de Chile contemporáneo, desde el guión primitivo hasta el manuscrito terminado impreso e inscrito en el registro de propiedad intelectual.

Revisando en mi documentación de la novela, comenzamos a trabajar en ella en diciembre de 2007. Uh! Cómo pasa el tiempo, si me parece que partimos hace tan poco…

En total dimos aproximadamente cinco vuelcos a la historia, que es lo mismo que decir que escribimos cinco historias distintas, hasta que la última versión resultó ser la más satisfactoria en términos literarios y estructurales. Está de más decir que trabajamos un montón, a distancia, tolerantes y ansiosos a la vez. Teníamos que llegar a la última página y poner FIN eventualmente y el día llegó esta semana.

Ahora lo que nos queda por hacer es imprimir copias y tocar algunas puertas. En Chile tenemos la experiencia de amigos y conocidos que han publicado sus historias en editoriales de prestigio, como Jorge Baradit (Ediciones B), Francisca Solar (Random House), Francisco Ortega (Antártica) y Álvaro Bisama (Emecé). Sergio A. Amira publicó hace algunos años su novela “Identidad Suspendida” (Mago Editores) y yo fui incluido en la antología Poliedro 3 publicada en 2008. Nuestros cuentos están por aquí y por allá en la Web.

Tenemos fe que esas puertas que vamos agolpear, se abrirán para darnos la oportunidad de presentar nuestro trabajo. Así que apenas tenga noticias, postearé el resultado.

¡¡Saludos a tod@s y deséennos suerte!!

 
29
mar

Cuando Cuándo, Amaneció

superstock_1570r-46019Fue un grave despertar. En mis ojos se reflejaban las luces de la noche anterior, sus sonrisas enternecedoras y otras más eróticas, encausadas por un vaso lleno y tres botellas tintas. No recuerdo mayor felicidad, su cuerpo sobre el mío, los pellizcos y las mordidas, las quejas por mi rudeza y mis súplicas infantiles, dame más, dame más…

Fue un despertar en cámara lenta. Desde que abrí los ojos hasta que suspiré por primera vez el aire frío y viciado del departamento, supe con claridad que estaba solo en la cama, que ella se había marchado, que no había dejado siquiera una huella de su presencia, salvo este penetrante aroma en mi almohada, el perfume de sus cigarros, su caspa, su saliva.

Suspiré y resentí un molesto dolor en el hombro izquierdo, un arañazo y la infección en ciernes. Diabla, me hizo daño. Diabla, me tenía hipnotizado, no recuerdo esta herida. O pude hacérmela en un ataque de placer descomunal. Ella fue capaz.

Por las cortinas se filtraba el amanecer sin sol del invierno húmedo. Las nubes cubrían mi cielo, estaba seguro que llovería. Quería que lloviera, quería salir a lavar mis pecados, empaparme y agarrar un resfrío. Tanto placer requiere un desquite, una sacudida dolorosa, un poco de dolor y desagrado. Después la caída duele menos.

La boca me sabía a miel. Mis labios, sensibles por la acidez de sus besos, exigían más caricias. Podría besarla días enteros. Quizá. Ella se marchó sin decir adiós, más mujer que cualquier otra, mañosa, muy mañosa. Qué estará haciendo ahora, en el taxi, en su casa, en el trabajo, con sus hijas, con su marido, con su otro amante, a esta hora.

Volverá porque la quiero. Volverá porque no le exijo nada. Volverá para verme empapado después de la lluvia, me conoce íntegro, no hay nada que pueda ocultarle. A veces soy su espejo. Otras veces soy su puerta, me abre y me recorre, como su cuarto sin muebles, no un cuarto chico con muchos adornos, nada de cursilerías, nada de gritos, nada de llantos. Sólo afecto sincero, en la cama, en las noches, cuando hacemos el amor.

Me repleta su mirada. Me basta su sonrisa. No le permito que deje dinero sobre el velador, pero le aguanto los paseos a la playa, en su auto, ella manejando, yo contemplándola, una semana entera fingiendo, disfrutando desnudos en la arena, odiando el regreso.

Soy un libro abierto. Ella lee en mí y escribe a su antojo. Pero tengo un borrador en la otra mano. No soy su esclavo. No le hago favores, ni ella a mí.

En el segundo que acabo de vivir sólo hay amor. Si despierto sabré que ella está a mi lado, que su boca huele mal, que me regaña, que me maldice, que yo trabajo, que yo pago, y ella reclama, exige, mutila mis deseos. Se la pasa todo el día viendo telenovelas, no le gustan las noticias, no le gusta mi equipo de fútbol, no le gusta que fume, no le gusta que llegue tarde, me controla, me liquida.

Si me perfumo se pone celosa. Si no me perfumo, recela y me empapa con su eau de toilette favorito. Me compra las corbatas, las más ridículas y las uso porque todavía la aprecio, suficiente para soportarla, para besarla al llegar cada tarde antes de calentarme la comida. Porque falta un año para que se cumpla el plazo final, ella quiere un hijo, yo también. Pero no tenemos dinero, apenas nos alcanza para este departamento. Apenas me alcanza para soñar.

Despierto al fin, amándola más que nunca. Ella está a mi lado, sí. Ella me ama, sí. La amo locamente, es mi límite y mi incentivo. Me alimento con sus dietas porque la amo, porque quiero ser como ella me quiere, porque me da lata preparar tallarines o arroz. Sus ensaladas con atún son mi deleite.

Leo sus libros, aunque no entiendo ni jota. Me dice todo el tiempo, lee, aprende, así llenarás el vacío que no alcanzo a completar. Y tiene razón, no me completa, pero me ayuda. Trabajo por ella, me humillo por ella, ahorro para nosotros, para unas bonitas vacaciones de derroche y puestas de sol. Estoy loco, de remate. He fingido muchos asombros con sus tarjetas y sus peluches de regalo, porque su sonrisa satisfecha me desvela. Así la quiero, feliz de verme feliz.

Ya no sé si despierto o duermo. Estiro un brazo bajo la sábana y noto que no hay nadie a mi lado. Siempre he estado solo, en esta cama fría. Siempre añoro su compañía. Y ella se pasea por mis recuerdos, vestida con distintos trajes, distintas voces, distintos señuelos. He pisado tanto sus sombras, he quemado tantas veces la misma carta de despedida, que sólo puedo caer exhausto en este lecho vacío.

Me levanto y veo su fotografía en la pared. Qué descaro, su sonrisa. Y qué horror mi desventura. Podría soñar lo mismo mil veces.

 
25
mar

En el Fuego del Instante

tunnelEl pasadizo no conduce a ninguna parte. Avanzo y avanzo, ilumino mis pasos con esta linterna, pero es como si no avanzara. Mis gritos no reciben respuesta desde los extremos, ni siquiera un disminuido eco, nada.

Comenzó como una sensación, iba rumbo a mi hogar, caminando por la vereda, cuando el poste de luz hizo corto circuito. El foco explotó y con su destello se apagaron todas las luces y los sonidos. La sensación, tan rara que no puede describirse, duró ese destello y se desvaneció con lo demás. Caí al suelo, presa de una angustia como nunca antes había sentido y luego estaba como si nada, intentando descubrir qué me había ocurrido.

A mis lados hay dos muros, tibios, lisos como de piedra pulida, sin marcas que determinen bloques, comienzos ni finales, unidos al piso por una suave depresión. Todo es gris plateado, excepto el techo, que está lejos de mi alcance. Supongo que podría ser negro, podría estar más cerca de lo que parece, pero se me antoja que el pasadizo en toda su extensión es una sola pieza cuya cúpula se pierde en el infinito.

A veces pienso que llevo milenios dando vueltas en la misma cinta de Moebius.

No sabía dónde estaba. No sabía qué me había ocurrido. No podía ver ni hacer nada, salvo palpar el piso cálido, los muros, el pasadizo que me llevaría de allí a ninguna parte. ¿Cuál camino era el más corto a cualquier lugar distinto de éste? Es tarde para volver sobre mis pasos. Quizá estaba apenas a un metro de una puerta, la salida, a mi espalda, pero elegí el pasadizo. No podía saberlo, no tenía esta luz.

La linterna apareció en medio del camino de tanto desearla. Deseaba poder ver donde pisaba, para caminar más seguro, más rápido hacia mi destino y no temer algún tropiezo, algún precipicio, alguna trampa. Entonces, tan feliz después de esa eternidad caminando, sin cansarme, sin alimentarme ni beber, seguí caminando, pero esta vez podía usar mis ojos, que se nublaban con las lágrimas. Después ese llanto alegre fue estéril como todo lo que me rodeaba.

Sólo veía el pasadizo. Deseaba ver algo más, otra persona y apareció una mujer con el rostro cubierto por un velo brumoso. Yo no tenía necesidades que satisfacer, de modo que no me detuve. Ella me siguió de cerca, hablando, haciendo preguntas y yo contestaba alegre, porque en el ejercicio de hablar me olvidaba de lo demás.

Luego ella no tenía más preguntas, no tenía nada más que decir y comenzó a repetirse. Le seguí el juego, una, dos veces y me harté. Deseé que se quedara atrás, que se cansara, que me dejara tranquilo. Y como no necesitaba compañía, continué solo. El viaje, si era como ya lo imaginaba, eterno, me daría tiempo para desear otras compañías.

Antes del pasadizo, habría aplaudido al encontrar este pasaje infinito a mis deseos, sólo si hubiese existido una puerta que me sacara luego con mi tesoro de vuelta al mundo real. En el pasadizo, como no hay tiempo aparente, salvo recuerdos que pueden nacer en mi cabeza sin haber ocurrido, el deseo de regresar al antes del pasadizo es inconcebible. Ahora, por lo menos, tengo lo que deseo y casi no tengo qué desear.

Nunca me he detenido. Y aunque la idea se ha estacionado en un rincón de mi mente y se repite constantemente, no me detengo, mis pies siguen adelante, no me arrepiento, tampoco olvido. No perdono. No juzgo. No descanso porque no me canso. No me aburro y a nadie aburro con mi nulidad. A nadie anulo. Sólo avanzo.

Una vez, sólo una vez, deseé a la mujer de mis sueños y la deseé con tanta fuerza que estuve a punto de detenerme. Ella no apareció, tal vez porque no existía. No existe. Nunca más deseé encontrarla… en el pasadizo.

Se me acabaron las pilas de la linterna. ¿Cuánto duraron? ¿Cuántas eternidades pueden contarse en los voltios de una batería? Deseé nuevas pilas, pero no hubo regalo. Deseé una linterna nueva, pero no hubo resultado. Estaba a oscuras, como al principio. Se me ocurrió que quizás se había acabado el trecho del pasadizo que podía cumplir mis deseos.

Ahora me detengo.

De pie en medio de ninguna parte me asalta el cansancio acumulado por milenios. Tanto dolor no puede ser real.

Veo un destello, el mundo, el foco que estalla, un cable del alumbrado se me enrosca en la pierna, me está electrocutando…

Y regreso al pasadizo. Ya sé. Ahora sé. Deseando sobrevivir a la experiencia reincido, simplemente camino. No necesito una linterna para saber dónde voy. Pero esta vez viajo en sentido contrario. No es tan mala idea, caminar por acá, deseando revivir mi vida palmo a palmo, mientras dure la lección. Tal vez pueda cambiar algunas cosas.

Tal vez elija la vereda de enfrente cuando llegue el momento.

 
14
dic

Zorro del Aire

BoteEl bote se eleva por tercera vez sobre las copas de los árboles. Algo no funciona bien y el improvisado piloto apenas logra manejar el armatoste con el antebrazo derecho entablillado.

—¡Tienes que marcar la salida de hidrogel al mínimo y apenas levante la nariz le das el máximo… pero no sobrepases el nivel rojo! —grita el único pasajero desde su asiento, intentando hacerse entender entre el rugido del motor e incapaz de moverse por las amarras que lo mantienen seguro en su puesto. Tiene las piernas entumecidas y se ha orinado, pero eso no le preocupa tanto como sobrevivir a los desperfectos de la máquina.

—¡Lo estoy intentando! —es el alarido ronco del piloto. El bote vuelve a caer en picada desatando un festival de luces rojas en los paneles superiores. Es ahora o nunca… Golpea el control de los retropropulsores y aguarda un segundo, dos segundos, tres… y estos no se encienden.

—¡EL PEDAL! —chilla el pasajero. ¡Estúpido! El piloto reacciona y da una patada al pedal, la nave se sacude con fuerza lanzándolo de bruces sobre los controles y eleva la punta lo suficiente para no estrellarse de frente. La panza del bote golpea las copas de los árboles y se precipita hacia tierra, rebotando entre las ramas a gran velocidad.

Los retros continúan emitiendo su choro infernal, prendiendo el bosque a su paso mientras el bote disminuye la velocidad y se detiene con un golpe duro en medio de un claro entre la mata.

A un lado del claro se yergue una pequeña casita improvisada con ramas y plástico. De ella emergen dos adultos, un hombre y una mujer que carga a un niño pegado a un biberón. Ambos tienen una expresión extraña en sus rostros, que no es de asombro precisamente.

—¿Estás bien? —pregunta el piloto a su amigo herido. El otro no responde, inconsciente—. ¡Despierta huevón! Tienes que decirme cómo pongo esta mierda otra vez en el aire…

Tres golpes en la compuerta de atrás, retumbando en la carcasa del bote y creando ecos en cada rincón. Dos golpes más, tres y uno. La señal de confianza entre pilotos.

Pero qué… Saliendo de su estupefacción, el piloto corre a la compuerta y tira la palanca para liberar los seguros de presión. El bloque de metal se abre con un siseo y la despresurización en sus tímpanos le recuerda que ya no están en el bunker submarino.

—¡Saludos! —grita el hombre de pie fuera de la nave. Trae puesto un traje sucio y su barba de varios días tiene restos de comida y pasto seco adheridos—. ¿Están bien ahí dentro? Tengo un botiquín básico que podría servir…

—Mi amigo está inconsciente —balbucea el piloto, al borde del llanto. El extraño asoma su largo cuello por la entrada, ve al pasajero atado al asiento y olisquea el aire.

—No parece haber fuga de combustible —sonríe mostrando su dentadura amarilla y dos espacios donde antes estaban los incisivos superiores—. ¡Juana! Trátete al mocoso pacá y todo tu equipaje, mira que nos vamos de paseo…

¿Paseo? El piloto se interpone en el camino del extraño pero éste lo aparta gentilmente sin dejar de sonreír.

—Ayuda a mi mujer a instalarse —indica el extraño señalando uno de los asientos disponibles. La mujer entra a la nave cargando un pesado bolso sobre un hombro y a su hijo con el otro brazo. En su rostro no se distingue ningún estado de ánimo. El piloto recibe el bolso de la mujer, que pesa demasiado para ser sólo ropa y lo ata con uno de los cables de seguridad a un lado de la compuerta. Cuando se gira para ayudarla a instalarse, nota que tanto ella como el extraño manipulan los instrumentos de la nave.

—¡No pueden estar ahí!

—Te encargo a este mañoso —dice la mujer, entregándole a su hijo y regresando a los controles—. Ten cuidado porque acaba de comer.

—Activando el cerrado de compuerta —anuncia el extraño sentado en el asiento del piloto, moviendo perillas y revisando indicadores como todo un veterano—. Niveles de hidrogel por debajo del nivel mínimo para salir de la atmósfera y llegar a la Luna. Usaremos la técnica prohibida… Al parecer no hay daño estructural cuantificable. Podemos sacar este mojón del planeta, pero no tendremos suficiente oxígeno una vez que estemos ahí fuera. Juana, haz el empalme y aprovecha de ver que el compadre herido todavía respire. Vamos a necesitar muuuucha suerte…

¿Técnica prohibida? El otrora piloto, ahora relegado a la categoría de pasajero y con un bebé en brazos, comienza a sentir la piel de gallina cuando el motor entra en funcionamiento y los cohetes de despegue empujan la nave hacia arriba. Acomoda bien al niño en su brazo sano y se instala en el asiento frente al pasajero inconsciente. Resiste por favor…

La nave se eleva y Juana avanza por el pasillo a dos G y en aumento, como si hiciera aquello todos los días. El niño llora y jadea.

—Resiste chiquitín —canta Juana desde atrás de la nave, mientras abre un panel en el muro y se introduce hasta la cintura en el reducido compartimiento repleto de cables y cañerías.

—¿Cómo vamos? —grita el extraño sentado en los controles.

—Casi… ¡Ya está!. Dame diez segundos —Juana sale del compartimiento, asegura la tapa con un sólo perno y regresa a su puesto junto al nuevo piloto justo cuando los cohetes de despegue trasero se apagan, haciendo caer la cola. Un segundo después se apagan todos los cohetes y se enciende el satánico de popa, con la nave enfilando hacia el firmamento.

—Quemando hidrogel… agregando oxígeno puro al 1 por ciento en tres, dos, uno…

El rugido del cohete adopta un ronroneo amenazador como jamás ha oído en su vida. ¿Están mezclando el hidrogel con oxígeno antes de su encendido?

—Elevando concentración al 2 por ciento en tres, dos, uno…

¡Vamos a morir! Mira de reojo a su amigo. Un hilo de sangre escurre desde su boca y se acumula detrás de su oreja izquierda. Perdóname…

—Vamos al 3 por ciento… ¡AHORA!

La aceleración aumenta la presión sobre sus cuerpos. El bebé deja de llorar, flácido en su abrazo.

—¡Se desmayó! —grita alarmado. Juana lo mira sobre el hombro y luego mira al nuevo piloto, quien le aprieta la mano a pesar del esfuerzo que ello implica.

—El Zorrillo va a sobrevivir, ya sabes que es un cabro chico pendenciero, si fue capaz de dormir durante la erupción y los terremotos, no me extraña que haya decidido dormirse justo ahora.

—¡Que no se tuerza su cuello! —ruge Juana y el antiguo piloto usa su brazo herido para mantener la cabeza del niño en buena posición.

—4 por ciento… ¿cuál es tu nombre? —grita el nuevo piloto haciéndose oír sobre el bullicio.

—Yo… Arturo Buenaventura, cadete…

—¡Ja! Ése es un buen nombre. Buenaventura, ya quisiera haberme llamado así, me habría ahorrado un montón de problemas, aunque Cuevas también es un buen apellido en estas circunstancias. ¿O no Juana? ¿Cómo estamos para pasar al 5 por ciento?

—No es necesario. Déjalo en cuatro, saldremos de la atmósfera en siete, basta y sobra. Prepárate para caída libre. Apagando satánico… ahora. Si los instrumentos dicen la verdad, vamos rumbo a la luna a quinientos. Oxígeno para veinte minutos.

Acto seguido Juana se suelta de las amarras de su asiento y flota hacia Arturo con movimientos precisos. Toma al niño y lo acurruca contra su pecho, dándole golpecitos en la espalda. El bebé eructa y mueve los bracitos, sonriendo, curioso de su nueva situación ingrávida.

—Estoy poniendo este lulo en ruta al arca. Basta un solo empujoncito y la gravedad lunar hará el resto. Llegaremos en media hora… Juana, ponle algo en la boca al mocoso, no queremos vómito haciendo cortocircuito en los instrumentos.

El extraño gira su asiento y mira al antiguo piloto con una gran sonrisa. A pesar de su situación, la ausencia de dientes le dan un aire muy cómico.

—Arturo, ¿qué hacían dando botes en el Amazonas? —pregunta el extraño, ahora serio.

Arturo no entiende la pregunta. Mira a Juana, que juega con el bebé flotando cerca de la compuerta y luego a su compañero inconsciente, que respira en un movimiento apenas perceptible. Vuelve a mirar al extraño, su barba sucia, su mirada fría.

Pero no puede hablar.

—Es un buen bote —comenta el extraño, rompiendo el silencio—, hizo exactamente lo que tenía que hacer. Pensé que no lo volveríamos a ver. ¿Cierto Juana? Ahora miremos a tu amigo.

Arturo se suelta de sus amarras y flota torpemente hacia su anterior copiloto.

—¿Y éste cómo se llama?— pregunta el extraño tomando el pulso al dormido.

—Desmond —dice Arturo casi en un susurro—. Desmond Yanks.

—Oh —murmura el extraño observando el rostro amoratado de Desmond—. No se parece mucho a su padre, pero… es idéntico a su madre, que afortunado. ¡Mira Juana, es hijo del Churreja! ¿Será igual de maricón que su padre?

—¡No permitiré que se refieran así de este hombre ni de su padre el capitán Yanks! —estalla Arturo, permitiendose un renuncio ante estos desconocidos.

—Maricón, de hecho —dice el extraño, esta vez con un tono de voz totalmente distinto. Arturo siente que se le hiela la sangre al percibir la determinación en sus ojos—. Pero no me malinterpretes, cadete. Conozco a Yanks y conocí a la madre de tu amiguito hace mucho tiempo. Y ya que me miras con cara de sospecha, déjame que te aclare la película: no llegaste al rincón olvidado de la Tierra donde yo me encontraba por accidente… ¡Juana! Dile al niño que haga el ejercicio de respiración que estábamos practicando ayer. Veamos quién aguanta la respiración más tiempo…

—No va a ser necesario —dice Juana con su tono parco—. Una lanzadera se aproxima, nos interceptará en trece. Estamos emitiendo una señal de auxilio…

—¡Ah! La famosa señal de auxilio. Hasta que se la instalaron… Arturo, regresa a tu asiento. Vamos a quemar algo de hidrogel para acelerar el trámite. ¡Juana, deja de rascarte el ombligo y hazme un café!

Los ojos de Juana son dos navajas afiladas, pero el extraño la ignora. Regresa a su puesto de piloto y se coloca los auriculares.

—Acá Zurullo Alfa, excretado justo a tiempo. ¿Quién ronda?

Una voz llena de estática rasga los auriculares: —¿Qué clase de nemátodo surca los cielos a esta hora del día?

—Un simple auquénido metamorfoseado. Corto.

Mensajes en código, comprende Arturo. El extraño, así como su amiga Juana, no son simples viajeros que por pura casualidad saben manejar los botes Tierra-Luna de la armada. Son militares entrenados.

—¿Nos estaban esperando allá abajo? —pregunta Arturo, desconcertado—. ¿Cómo?

—¡Ah! Eso es lo que quería comentarte hace un minuto, joven arturo. Este bote en el que viajamos es ni más ni menos que el prototipo, Zurullo Alfa, creado por mí hace treinta años. Mi primer hijo, debo decir, poseedor de un inigualable módulo de inteligencia artificial electrónico, no una de esas mugres desechables que confeccionan con cerebros de ratones mejorados genéticamente.  Y como buen hijo que es, está programado para rescatar a su padre. Las fallas que sufrió desde que subieron a él fueron su intento desesperado de cumplir con ese cometido.

»Por el estado en que se encuentra, puedo deducir que se hallaba en la catacumba de los proyectos rechazados. ¿Cierto? Y el hijo de Yanks conocía su existencia, probablemetnte luego de escuchar algunas de las discusiones que solíamos tener su padre y yo en esos años fabulosos. Buen chico, gracias a él estamos todos con vida. El planeta está a pocas horas de perder por completo su prtección electromagnética, bonito el día en que se le ocurrió mover el norte hacia el sur…

»En fin, aquí viene la lanzadera. Juana, haz lo tuyo. Arturo, tu amigo está e shock, pero no te alarmes. Sobrevivirá.

»Por cierto, mi nombre es Huenullan Huentemil y mis amigos me llaman Hache.

El el bote intersecta a la lanzadera y ésta lo asegura con un ruido lleno de esperanza. A través de las mirillas frontales se observa la figura esférica del Arca, que crece a medida que se acercan a más de quinientos kilómetros por hora. Cinco miinutos después el bote es depositado en la pista de aterrizaje en la zona ecuatorial del Arca.

Arturo y Desmond salen en primer lugar, rodeados de enfermeros y amigos que no pueden ocultar las lágrimas. No muy lejos de allí son interceptados por el Capitán Yanks en persona, un hombre anciano y de cabellera teñida, en patente estado de alivio. Toca la frente de su hijo, respirando con tranquilidad una vez que los enfermeros le entregan su primer diagnóstico: vivirá.

No dirige ni una mirada a Arturo, que se aleja del grupo lentamente y continúa en su camino solitario hacia la enfermería.

Sólo entonces Yanks repara en la pareja que espera pacientemente de pie junto al bote. Les sonríe lleno de gratitud, pero al cabo de algunos segundos su rostro pierde el aplomo y en su boca se forma una mueca de horrible desagrado.

—¡Hache!

—Me gusta lo que has hecho con el decorado —dice el aludido—. Siempre tuviste buen gusto para estas cosas. ¿Te acuerdas de Juana? Y éste pequeño matuasto que ves aquí…

Yanks palidece y se desploma a causa de un paro cardiaco. Una hora después está convaleciente en una camilla junto a la de su hijo. Arturo aguarda sentado afuera y el trío de polizones que llegaran en el bote acuden a los comedores, rodeados de un aura de fantasía y elucubraciones.

Son los legendarios Zorro del Aire y Juana la Loca, el padre y la madre de toda la tecnología que ha permitido construir los botes de transporte y el Arca misma, además de ser padres de Alex, el bebé.

Y serán la comidilla de toda reunión durante muchos años más.

 
13
dic

Mangosta vuelve a casa

ArmorLa nave descendió en el mar de Júbilo con su carga de hombres y mujeres ancianos. Allí los esperaba el transfer con su tripulación de médicos y enfermeros para dar la bienvenida a quienes alguna vez defendieron a la humanidad contra las Huestes del Infinito.

A medida que los veteranos eran recibidos por los enfermeros, uno de ellos reconoció al último anciano de la fila y una vez que el transfer inició su viaje al puerto, comentó su descubrimiento con el médico en jefe.

—¡No te creo! —y salió el médico a verificar la lista de pasajeros. Era verdad, se trataba ni más ni menos que del veterano de guerra, longevo y condecorado, conocido por todos como Avatar.

—Se dice que luchó en la batalla definitiva, codo a codo con Maestro Irae —murmuró el médico en jefe una vez que logró reunir a todo su personal en la cabina.

—Maestro Irae es un mito —bufó una enfermera—. Es un ideal creado por los ejércitos para aunar sus fuerzas. “Maestro Irae está entre nosotros” dicen cada vez que se arma una gran batalla. Luego los carne de cañón aseguran haberlo visto entre ellos. Siempre es igual.

—Es tan real como tú o como yo —levantó la voz el piloto de la embarcación—. Pero no es una sola persona. Las batallas están llenas de actos heroicos y de personas admirables que dan su vida por la supervivencia de la especie humana. Y a ellos se les adjudica el título de Maestro Irae. Luego viene la leyenda. ¿Por qué crees que ha estado presente en cada batalla desde hace más de quinientos años? Tal vez Avatar sea longevo, vivir ciento cincuenta años es mucho tiempo, pero como ves ahora está viejo y lo han enviado con nosotros para que pase sus últimos días en este balneario…

La cabina se llenó de silencio y nadie más habló. Avatar estaba de pie en la puerta mirándolos sin expresión en su rostro. Alguna vez fue Comandante en Jefe de las Fuerzas de Venganza y aún mantenía su título, aunque sólo fuera honorífico.

Al llegar a puerto los esperaba una figura solitaria.

—Allá está ese vago de nuevo. ¿Cómo es que no se lo han llevado? Sería buena carne de… —comenzó a decir el piloto cuando recibió un apretón en el hombro. Avatar estaba a su lado mirando al extraño, pálido y rígido.

El transfer encalló en la playa y desenrolló la rampa de descenso como una gran lengua sobre la arena. Los veteranos de guerra descendieron ayudados por los enfermeros y fueron encaminados al bus que los esperaba junto a la costanera, todos menos Avatar.

—¿Cómo estás, Viejo Zorro? —dijo la persona de pie en la playa. Iba descalzo, con un pantalón corto y camisa remendada abierta excepto por el último botón bajo el cinturón.

—De lujo, Mangosta —dijo Avatar y fue como si hubiera contenido la respiración por horas. Ahora más relajado, hizo una reverencia y agregó—. No hay moros en la costa, Señor.

El piloto de la embarcación, que observaba a la pareja desde el pie de la rampa, sintió que se le paralizaba el cuerpo. ¿Señor?

—Viejo Zorro, tenía la esperanza de encontrarte acá algún día. En mi corazón siempre supe que ibas a sobrevivir a todas las batallas. El obsequio que te di fue un poco exagerado, me parece…

—Sí, Señor. Mi vida ha sido larga y tenebrosa. Llegué tan alto como un hombre puede hacerlo en la vida y éste es mi premio, unas vacaciones en una isla repleta de achacosos.

—¿O sea que no estás tan decrépito como pareces? —rió aquél que llamaban Mangosta y Avatar se sintió aliviado de no tener que fingir más. Se irguió a su postura natural. A lo lejos podían verse los enfermeros que avanzaban lentamente en su encuentro.

—Señor, no tenemos mucho tiempo. Su espada…— y al ver el brillo en los ojos de Mangosta entendió que su encuentro no era casualidad—. Su espada quedó en mi poder luego de la última gran batalla en la Luna de la Tierra. Pero no fui lo suficientemente fuerte ni persuasivo para retenerla. Ésta fue enviada a los laboratorios en órbita. Me mantuve al tango gracias a mi influencia… y lo último que supe es que intentarían desmontar el filo. Llevan en ello al menos una década.

—Ah… el filo. Con lo que me costó montarlo. Tuve que colapsar tres hoyos negros para lograr la curvatura de luz justa. Si lo desmontan, me temo que sería el fin del sistema solar —Y al notar el pánico en Avatar, agregó—. No te preocupes. La Vía Láctea está llena de colonias, la raza humana está lejos de extinguirse.

Avatar quedó mudo por la dureza en las palabras de Mangosta. Pero había también un tono nostálgico en su voz, el recuerdo de otra vida en el planeta Tierra, antes de las guerras, antes de la inmortalidad.

—Ya es tiempo que recupere el arma. Yo la hice, yo la debo destruir. ¿No crees?

—Le deseo suerte, Señor.

—¡Ey! Llámame por mi nombre verdadero.

Los enfermeros tomaron a Avatar de los codos para conducirlo al bus, pero al oír lo que dijo a continuación lo soltaron y echaron a correr sin mirar atrás.

—Hasta pronto, Maestro Irae.

Mangosta retrocedió sonriendo, mientras su cuerpo se transformaba en la criatura más temible del universo. Algunos de los ancianos que le vieron a lo lejos murieron al instante.

—Me olvidaba de algo —dijo Maestro Irae con una voz que produjo en Avatar una reacción espontánea de horror. Un pequeño bulto rectangular flotó hasta sus manos desde el abultado vientre de la criatura. Cuando vio lo que era, levantó la vista, pero ya no había nadie allí.

—La historia de Maestro Irae, relatada por Maestro Irae en persona —decía en la tapa del objeto, un libro de hojas negras escritas con líneas de oro y plata.

—El mismo sentido del humor —rió Avatar mientras caminaba al bus con el libro entre sus manos.